
Pues héme aquí, como ya me habían advertido, frente a la hoja -ahora pantalla- en blanco. No podría afirmar que sin nada qué decir. ¡Tengo tanto que decir! La pregunta es: ¿por dónde empezar? Probablemente por explicar el título del blog. Honestamente no fue porque hubiera querido verme muy poética. De todos los títulos que quería poner ninguno estaba ya disponible. Me quedé viendo todo lo que me rodeaba y ví la enorme ventana que da de mi recámara a una hermosa jardinera. Siempre me ha gustado esa vista. El año pasado sembramos ahí algunas flores esperando que esta primavera no se viera tanto verde y sí una explosión alegre de colores. Seguimos esperando, aunque la primavera ya está a la vuelta.
Pero esa ventana ha sido mi contacto con la vida allá afuera durante dos épocas diferentes, muy difíciles, en las que tuve que pasar muchos días en cama. La primera vez, cuando tuve herpes zoster. No recuerdo bien cuántos días estuve doblándome -literalmente- del dolor, y después, disfrutando de los efectos somníferos de la que hasta ahora me ha parecido la mejor medicina del mundo, el Lyrica. Ese Lyrica me sonaba, tal cual, a música de ángeles en medio de dolores inimaginables. En ese entonces yo tenía 33 ó 34 años, y no entendía cómo había podido enfermarme de algo así a mi edad, máxime que el reconocido infectólogo que me vió en esa ocasión me había dicho que ese tipo de herpes generalmente afecta a personas de la 3a edad que entran en depresión (??!!¡¡). Evidentemente, el no poder acompañar a mis hijos en su primer día de clases, en una escuela nueva, hizo que esa depresión -que entonces yo negaba-. se evidenciara con todas sus letras y me llevara, durante tantas horas a solas, a revisar, profundamente, mi vida.
La segunda vez (que en realidad tuvo varias etapas, 4 para ser precisos), estuve postrada en la cama por complicaciones de una cirugía a la que me había sometido por primera ocasión a los 23 años (los motivos de esa operación ameritan toda una entrada nueva, por lo que no entraré ahora en detalles). El caso es que 15 años después, en junio de 2008 para ser exactos, tuve que volver operarme. Las cosas no salieron bien y tuve que pisar el quirófano 3 veces más en un lapso de 10 meses, cada una con su correspondiente periodo de recuperación de 7-10 días en cama y viendo de nuevo a través de la ventana. Pero yo no veía nada más la jardinera, sino toda mi vida: mis esperanzas, mis frustraciones, mis logros...
Y probablemente este espacio, a falta de enfermedades y postraciones en cama -afortunadamente- pueda convertirse en esa ventana clara donde pueda ver y revisar (¡y compartir!) mi vida como mujer, esposa, mamá, profesionista, amiga..., aunque honestamente, ¡suena de lo más egoísta y pretencioso! Pero simplemente lo visualizo así, como una escena de La Ventana Indiscreta de Hitchkock, donde James Stewart no sólo registra la cotidianeidad de sus vecinos desde su convalecencia, sino que descubre verdades jamás imaginadas.
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