sábado, 8 de mayo de 2010

En el umbral...


Hace apenas dos semanas cumplí 39 años. Llegaba yo al umbral de los 40 en la mejor forma posible a nivel emocional, o al menos eso creía. Había retomado hacía unos meses el trabajo, creando nuevamente una empresa que en pocas semanas tenía ya importantes clientes de muy diversos ramos. Me había asociado esta vez con quien hacía 13 años me había contratado por primera vez en una de las agencias de comunicación más importantes a nivel mundial: Amelia, mi maestra, una mujer admirable, conocedora del negocio y con toda la experiencia del mundo. Además se había unido a nosotros uno de los consultores más reconocidos en prevención y manejo de crisis. ¡Lo estaba haciendo nuevamente! Es impactante cómo eso tuvo un efecto directo en mi, en cómo me veía a mi misma, y por lo tanto, en cómo me veían los demás. "¡Te ves muy bien!" "¿Qué te hiciste?", preguntaban. Aparentemente, nuevamente tenía el control...

Pero de repente, en tan sólo unos días, mi mundo se volteó, literalmente. La vida se me apareció insolente, intempestiva, a retarme y a confrontarme.

Hacía muchísimos años que mi formación profesional se había permeado en mi vida personal, llevándome a definir, siempre, ante cualquier nueva situación, de cualquier tipo, todos los escenarios posibles. La anticipación me permitía, según yo, reducir los riesgos de perder el control. ¡Qué falacia!

Ante este terremoto que ha cimbrado mi status quo, en el que hay cualquier cantidad de escenarios (mejores y peores posibles), debo reconocer que tener el control se ha vuelto algo completamente secundario. Porque en el fondo, tengo que asumirlo, ¡es maravilloso estar frente a frente con la vida, sin saber absolutamente a qué viene!

Bienvenida sea pues esta etapa que me cuestiona, irreverente, y me impulsa a moverme y a cruzar, con temple, el umbral, aún sin saber realmente qué hay detrás de él.

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